Morón
de la Frontera ha estado “blanqueando” desde tiempo inmemorial a
toda Andalucía y mucho más allá. El trasiego en
busca de esa cal tan nuestra que embellece paredes a la vez que
reafirma muros sirviendo como argamasa o mortero, ha hecho que el
nombre de Morón haya sonado como sinónimo de blancura y
fortaleza.
Esa transparencia y claridad estética, unida
a la fuerza de cohesión que tiene nuestra piedra caliza, son
cualidades aplicables a este, el segundo trabajo de Son de la
Frontera.
Para fundir la cal, hay que recoger la piedra
dura de la cantera y con arte, calor y amor, ir derritiéndola
hasta que se convierta en líquido para llevar el blanco a
nuestras casas y al mundo. Así es el Flamenco, como la cal;
así es el “Toque de Morón”: un toque blanco,
fuerte, bordonudo, fronterizo y forajido, una forma musical de
artesanía local frente a la industrial mercadotecnia de lo
“flamenquito”. La música se transporta, es llevada como la
misma cal por todos los rincones que quieren purificarse física
y espiritualmente.
En la música, la pureza está
en el corazón, el conocimiento, el respeto y el trabajo. Estas
son las armas de Son de la Frontera; su ética y su
estética. El concepto “grupo” no se aplica en el flamenco,
sino términos como “cuadro” o “cuadrito”, pero SON DE
LA FRONTERA ES UN GRUPO FLAMENCO. Paco, Pepe, Manuel, Moi y Raúl
llevan cada uno su camino musical desde hace muchos años. Sus
trayectorias profesionales individuales serían otra larga
historia que contar, pero lo que nos trae aquí es su decisión
de continuar con el proyecto común que decidieron cristalizar
en su anterior álbum en torno a la figura artística de
Diego, ampliando horizontes. Afortunadamente, ningún arte está
cerrado “a cal y canto”.
Paco
Pavía
De
Cuba se trajo Raúl un tres que a su manera quiso templar, para
llevarlo con mando al terreno de esa jondura encerrada en seis
cuerdas que en Morón le inspiró la fraternal compaña
de Paco de Amparo, Pepe Torres, Moi y Manuel Flores. Formaron equipo
de buen son y, ¡a volar!
¡Cómo reluce la
cal de Morón bullendo en el Malecón burlando
fronteras con ese son y su poquito de ron! ¡Esa es la verdad
que lo he visto yo!
Cómo resuena Diego del Gastor
en color amaneciendo por las manos de su lúcida embajada,
hermanando orillas fraternas, haciendo amigos nuevos y haciendo gozar
al personal, que falta nos hace en este milenio que nos acecha y que
tantas lágrimas ya ha derramado. Son de la Frontera nos
dieron fuerte en aquel su primer disco.
Pero esto no se queda
así… Esto se hincha, señores; esto crece. Pasen
y vean con la parte de los tímpanos y con la piel entera.
José
Manuel Gamboa
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